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4 de julio de 2007

Alqui, Tranqui y otros sonidos

Para llegar a Alqui, tuve que pasar antes por Lelbun, Agoni, Aytui, Pureo, Detico, Apeche, Paildad y Contuy. Embarcar en Queilen. Pasar frente al horizonte de Nepué. Respirar viento. Palpar la humedad marina de la brisa.
Para lleguar a Alqui tuve que embarcar de noche, portar un chaleco salvavidas, tocar el agua en movimiento, trepar alto hasta la cubierta uno.
Para llegar a Alqui tuve que mirar el mar desde el interior. Y acorazarme de gris y metal en pasillos estrechos y escaleras.
Para llegar, me sumergí en el aire dentro del agua aullando motores, generadores, sumbidos que ensordecen. Me senté entre personas casi desconocidas a compartir desayuno, motivados por la posibilidad de quebrarle la mano a toda la jerarquía, a los altos mandos con jinetas destacadas en los hombros.
Para llegar hubo risas y una noche bizarra, fuera de lugar y tiempo en la costanera de un pueblo con cuatro calles; hubo palabras e historias contadas desde la altura, desde castillo, por cubierta dos y tres, luego toldilla y, por que no, puente de mando.
Para llegar vimos como otros no llegaban, pues habían de descender en otras historias, en otras coordenadas.
Para llegar saltamos casi dos metros, hasta el bote descolgado de la altura del metalico gris del Cirujano.

Una vez allá, hubo que olvidarse de todo. Recorrido y viaje quedaron tristemente desnudados en experiencias para el bronce. Y vino la costa, la infinita orilla de distancias. Las palabras pronunciadas a media voz por vergüenza. Caminar subidas y bajadas, y sólo cruzarse con un alma. El viento dibujando la superficie del agua; barro en los zapatos; cuestas sinuosas, trineos y carretones en desuso.
Luego el encuentro con la tristeza. Tierra y mujer una sola vejez. Un sólo cuerpo angustiado, descascarado, derruido. Historias tejidas lejos de todo lo conocido. Al margen de las palabras y occidentales significados. Al margen de los códigos sanitarios, pero con toda la fuerza de un pasado que se empina en pilotes. Con todo el calor de un fogon hecho deshechos. Con todo el peso de fuertes manos recolectoras y tiempos nómades.
La vieja huerta ya no es cosa de darla vuelta. Habría que rehacer la historia para poder sembrar algo en esa tierra anestesiada. Pero igual se está rodeado de nacimientos y brotes. De calor animal, caricias y tacto.
Es posible horrorizarse y temer por doña Rosalía; es posible también abandonarse al bosque donde ella vive y muere, y ser una criatura sin tiempo, como ella. De pie sobre sus dos piernas llagadas. De pie sobre sus inmortales noventa y cuatro años. Respirando humo, asumiendo heridas y dolores. Perteneciendo a su Alqui. Negandose a pronunciar palabra que la deje al descubierto. Ingenuamente regalando su imagen al flash de la cámara. Olvidada casi por completo, a no ser por su hijo, o la salud institucional que cada tanto la visita para intentar darle forma en un dibujo coherente, y también saciarla de cuidados de otras manos, y sonidos de otras voces.

En algun momento se hace urgente la partida. El viaje de regreso demora entre fotos y tristes flashbacks. Nos vamos. Ha sido eso. Una sinopsis de una historia antigua, de una mujer antigua y su casa antigua. Lleva una herida antigua también; incurable quizás. Y nosotros no nos llevamos nada, salvo algunos pixeles y ciertas imagenes en la retina. Otra vez el olvido mientras Alqui y Rosalía van quedando siempre en la orilla. Al otro lado de la orilla.

24 de junio de 2007

Recorridos

Hoy volví a viajar en camión, después de algunos años en que casi había olvidado como era. No fue algo planeado, simplemente el camino trajo uno hasta mí, y tuve que subir para poder viajar entre Agoní y Pío-Pío a ver a Elia y luego a Arquímedes, que me esperaban a pesar del clima.
El paisaje se ve distinto arriba de un camión, pues la ventana es ancha y la altura te empina sobre los bosques y los bajos rasados. Los minutos transcurren más lento, más al ritmo de la isla, donde las distancias son inmensas en espacio y en tiempo, y hay un momento para todo, sin importar cuanto se demore en llegar: finalmente hay un instante en que todo culmina, sin importar cuanto se haya tardado.
El silencio es posible dentro de la cabina; sin saber cómo, con el chofer se comparte un código que permite pasar el tiempo sin decir nada, como cuando viajas con un amigo de años con quien el silencio es parte del lenguaje entre ambos.
De todos modos cruzamos algunas palabras... el mal tiempo, los truenos y relámpagos del martes, la cosecha que se para cuando los puertos cierran. Me bajo en el cruce a Pío-Pío y él me pide que baje con cuidado, por la altura. Mutuamente nos deseamos suerte y se va hacia Detico en busca de su carga.
A mí me toca caminar unos pocos kilómetros hasta la posta, donde quedé de encontrarme con Arquímedes a conversar, y como tengo una estrella luminosa y grande, justo pasa Juanito en el furgón de la Municipalidad y en seis minutos recorre lo que yo hubiera demorado veinticinco en caminar.
Una hora más tarde sigue lloviendo; no tanto como en los días anteriores, pero igual hace frío y corre viento. Arquímedes me trajo hasta la garita -amable como siempre, tanta gente acá- y aquí espero otro camión, camioneta o bus, si pasa, que me lleve hasta Queilen a seguir con mis entrevistas.
El tiempo se detiene un instante mientras la fina lluvia se recuesta sobre el pavimento. Nadie pasa y sólo cabe la espera que hace posible la existencia de todo: la siembra, el escampado, el reencuentro, la atención médica...
Chiloé es así un espacio y un tiempo de espera, de calma, de paciencia. Un espacio al que no cualquiera pertenece, y una calma de la que no cualquiera se empapa.

Así las cosas espero en la garita. Me urge llegar a Queilen a hablar con Macarena, la Sra. Angélica y más tarde, Gonzalo. Me urge llegar, pero nadie pasa y espero al alero de la garita, intentando teñirme de chilota calma, de paciente espera ...